M@re Nostrum

La huella del hombre en la Antártida
por Joandomènec Ros
Catedràtic d'Ecologia de la Universitat de Barcelona
Publicado en el Diari Avui el día 11/4/98
Traducción por Miquel Pontes


Una foca de Wedell bajo el hielo.

lo largo de los años se han realizado diversos censos de las focas que viven en la Antártida. Uno de estos trabajos ha sido realizado por uno de los equipos del barco oceanográfico Polarstern en el que he trabajado en los últimos meses.

Las poblaciones de la mayoría de especies parecen haberse recuperado de la crisis provocada por el hombre a lo largo del último siglo y medio, y ahora estarian estabilizadas.

Muchas islas subantárticas fueron sede de establecimientos foqueros y balleneros, donde procesaban los animales cazados. Es espeluznante la cantidad de toneladas de aceite o grasa de elefantes marinos y focas que se desembarcaron durante un siglo y medio en todo el mundo. Así, en los primeros años del siglo XIX no era raro que se descuartizasen decenas de miles de estos pinnípedos, tan sólo en una de estas islas.


Restos de naves que se empleaban
en la caza de focas

Para los cetáceos la situación es muy diferente. La caza comercial ha tenido efectos desastrosos sobre la mayoria de especies, cebándose principalmente de los rorcuales más grandes, que han visto reducidas sus poblaciones a niveles bajísimos y tardan mucho en recuperarse a pesar de la protección actual (parcial), dada la baja tasa de natalidad de estos enormes mamíferos. Pero el desastre de algunos puede ser la prosperidad de otros, porque todos los animales de los mares australes están conectados entre si por relaciones tróficas más o menos conocidas.

El caso es que, paralelamente al hundimiento de las poblaciones de rorcuales y ballenas, las de otros animales han aumentado, especialmente algunas especies de pingüinos, las focas cangrejeras, las focas leopardo y las orcas.


El krill, base de toda la cadena alimentaria
antártica

La causa parece bien evidente: al reducirse tanto la población global de rorcuales hay un enorme excedente de su alimento básico, el krill (pequeñas gambas planctónicas de la especie Euphausia superba ).

Las focas cangrejeras comen krill, que filtran con unos dientes extrañamente lobulados (y que les ha valido el nombre científico del género: Lobodon), y lo mismo hacen algunos pingüinos y sobre todo, los peces y calamares de los que se alimentan la mayor parte de los pájaros y mamíferos antárticos.

Al disponer de más recursos alimentarios, las poblaciones de focas cangrejeras y de pingüinos han aumentado, y también las de sus depredadores habituales, las orcas y las focas leopardo, y los mismo pasa con los carroñeros, como los petreles.

El hombre ha roto así el equilibrio ecológico al eliminar uno de los eslabones básicos de las redes tróficas antárticas, y las consecuencias no han hecho sino comenzar. No está claro que efecto puede tener, sobre las especies objetivo y sobre la comunidad entera, la explotación actual de muchas pesquerías subantárticas (por ejemplo la merluza negra), ni si la estructura demográfica actual de muchas especies de focas y pingüinos es la propia de una población equilibrada.


Una de las frágiles y extrañas criaturas
que viven en el mar antártico.

Actualmente la fauna y la flora antárticas están protegidas (algunos cetáceos son todavía cazados "con finalidad científica" por Japón y algunos otros países) y llos balleneros y los cazadores de focas han sido sustituidos por científicos y turistas.

El turismo antártico ha experimentado un aumento espectacular. Hay vuelos regulares que dejan turistas en el aeropuerto de la estación chilena Frei-Marsh, en la Isla del Rey Jorge, donde también hay un hotel (80 camas), que ahora no funciona tan activamente como hace algunos años.

Además de las estaciones científicas permanentes o estivales de una decena de países, en esta isla de las Shetland del Sur hay un paisaje realmente magnífico, lleno de glaciares, fiordos y conos volcánicos, hay esqueletos de ballenas en algunas playas y pingüineras y elefanteras ( colonias de pingüinos y elefantes marinos).


La belleza de estos parajes
puede llevar a su destrucción
por la presión humana...

Pero muchos otros turistas se pasean por la Antártida en barcos, con los que acceden a muchos lugares diferentes y admiran de cerca los icebergs, la fauna marina y aérea y el sol de medianoche, y a veces con suerte, el fata morgana, el rayo verde y la aurora austral.

Una de las primeras visitas de transatlánticos la hizo el "Cabo San Roque" a las Shetland del Sur y la península Antártica hace un cuarto de siglo, con cerca de un millar de pasajeros, que no desembarcaron. Ahora los rompehielos rusos, especialmente, son los barcos más utilizados, ya que son capaces de adentrarse en el pack y atracar en la plataforma continental, como lo hace el Polarstern, ofreciendo atractivos (y caros) programas a los viajeros.

Además de las bases, la fauna y el hielo, las visitas de los tour-operadores antárticos incluyen algunos lugares históricos (como las cabañas del área del mar de Ross; el Tratado Antártico reconoce hasta 72 lugares y monumentos históricos, la mayor parte de ellos inaccesibles a los turistas), pintorescos (como los cementerios de icebergs) y insólitos (como las piscinas de agua termal de la isla Decepción; o las Valles Secas, del interior del continente, cerca de McMurdo).

Hay también museos, modestos pero interesantes, en las estaciones más importantes, que siempre tienen un buen surtido de souvenirs varios, desde postales a camisetas, para vender. No hace falta decir que los mejores museos antárticos están en otros continentes o en islas, en especial en las ciudades que son puertas de entrada a la Antártida: Ciutat del Cabo, Ushuaia, Hobart, Christchurch, Stanley. Algunos antiguos navíos empleados en expediciones famosas, ahora están anclados en puertos de todo el mundo (el "Hero" en Portland, el "Grönland" en Bremerhaven, el "Fuji" en Osaka, el "Fram" en Oslo o el "Discovery" en Dundee) son seguramente el mejor reclamo para el turista.


Un cangrejo araña, una criatura que
parece no tener cuerpo.

Todo esto hace que la Antártida sea un destino turístico cada vez más solicitado, a pesar del coste exorbitante de un crucero de dos semanas: alrededor de un millón de pesetas. Ya hace años que el número de turistas antárticos supera el de científicos y el resto del personal de las bases. El impacto del turismo se empieza a sentir en este continente puesto por completo bajo la protección internacional mediante el Tratado Antártico.

Las pingüineras y foqueras son especialmente atractivas para los turistas, pero su presencia masiva puede alterar tanto el comportamiento social (de los machos de elefantes y lobos marinos que defienden sus harenes, de los pingüinos que mantienen una distancia fija entre nidos y pollos) como la fisiología de estos animales (por ejemplo, aumento del ritmo cardíaco por el estrés producido) o en recorridos largos entre el nido y el agua para evitar la presencia humana, (lo que se traduce en aumentos de costes energéticos en un ambiente muy exigente en lo referente al balance energético del cuerpo).


Un pingüino adelia

Muchos animales antárticos han desarrollado lo que se denomina envenenamiento por Kodak: se giran de espaldas a las personas que no paran de disparar sus máquinas de fotos y video; los curiosos pingüinos de Adelia (Pygoscelis adeliae) són una excepción.

Los turistas se llevan fragmentos de los esqueletos de focas y ballenas que hayan en las playas, o bien graban graffitis en las cabañas de los primeros exploradores antárticos. Y pisan los frágiles líquenes y musgos, que son casi la única flora de las islas antárticas; su recuperación es lentísima. Y las visitas son cada vez más frecuentes, con más barcos y más turistas.

Si los ecosistemas antárticos responden a la visita como los otros (por ejemplo, los parque naturales terrestres o marinos repartidos alrededor del globo) , los efectos negativos están garantizados. Pero es que además, los barcos y las personas llevan consigo otros visitantes que pueden causar estragos en las faunas y floras empobrecidas y en los ecosistemas frágiles de las islas antárticas: plantas (a menudo en forma de semillas) y animales (ratas u otros mamíferos y insectos).


Una huella persistente de un pie
humano en el musgo de la Isla Signy.
La huella puede perdurar décadas.

Ya sea por la interferéncia directa con organismos y entorno, como en los casos mencionados de balleneros, pescadores y turistas, ya por el transporte atmosférico u oceánico hacia el continente blanco de contaminantes procedentes de todo el mundo, el hombre deja su huella destructora también en la Antártida.

© Texto: Joandomènec Ros
Fotos extraidas del libro "Antártida: La última frontera"
© Richard Laws

 

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Última modificación: 07 d’agost 2017 06:29


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