M@re Nostrum

Mi Primera Aventura Submarina
por S.G.


ué calor! ¿Será el calor o serán los nervios? Aqui no hay forma de dormir, y son las 02.30 de la madrugada. Y dentro de unas horas, a las 08.00, en pie; hay que estar en la base de buceo a las 08.30h. ¿Qué tal día hará?. Como el barco se mueva mucho, tengo el mareo asegurado, y a ver quién hace un examen de buceo en esas condiciones...

Lo cierto es que sigo pasándolo mal haciendo kalumet, como me agobie... Y veremos si tengo problemas al compensar, no es lo mismo compensar en una piscina con 3 metros de profundidad que bajar a 15...

¿Y si el regulador me falla? Podría pasar ¿no? ¡Qué horror, tu vida depende de tantos artilugios! No sé si seré capaz... No recuerdo cuando fue la última vez que estuve así de nerviosa, claro que esto es distinto, para empezar nadie me ha obligado, se supone que yo quería disfrutar buceando y no estar padeciendo como estoy ahora.

En este hotel hace un calor horroroso, aqui no hay quien duerma, ya no sé como ponerme... El instructor nos advirtió que era recomendable llegar descansado al examen. Pero, ¿realmente alguien puede dormir bien antes de semejante prueba? Para colmo, la chica que me ha tocado como compañera de habitación repite el examen porque la suspendieron, me cuenta que fue incapaz de hacer el despistado, vamos apañados...

Está claro que sumergirte en el mar no es lo mismo que en piscina... Si ya me lo decía mi madre "hija, ¿por qué tienes que meterte en algo tan peligroso? con lo que se disfruta del mar estando en superficie...".

Suena el teléfono, son las 08.00. ¿Realmente es necesario madrugar tanto para bucear? Tengo tanto sueño que me cuesta despegar los párpados. Me siento incapaz de meterme en el agua en este estado, ni siquiera podré montarme el equipo, seguro.

Me visto como puedo y bajo a encontrarme con mis compañeros de examen. Tengo el estómago cerrado, creo que prescindiré del desayuno. Ya comeré luego, si sobrevivo...

Y por fin salimos hacia el club de buceo que se encuentra a cinco minutos del hotel .

De momento, mi primera preocupación desaparece: hace un sol estupendo y el mar está tranquilo. Una vez en el club, llega el momento de pertrecharse, y empieza el trago de embutirse en el traje de neopreno, asunto que no hace sino ponerme más nerviosa todavía. Y vuelvo a hacerme la misma pregunta que me hago siempre en esta situación: ¿Como es posible que a estas alturas del siglo XX no hayan inventado algo más práctico?

Solventado este asunto, uno empieza a buscar el resto del equipo y surgen mil preguntas: ¿Dónde está mi chaleco? ¿Alguien ha cogido mis plomos? ¿Estas aletas son las mias? ¿Alguien ha visto la bolsa donde venían los reguladores? ¿Cual me corresponde a mi? Se produce un pequeño caos que poco a poco se desvanece según van apareciendo todos los materiales que componen el equipo.

Tras este pequeño barullo, nos dirigimos hacia el muelle donde nos espera el barco que nos llevará al punto del examen.

Hay tensión en el ambiente, pese a las palabras de tranquilidad de los instructores, los alumnos estamos como atontados, no sé si por sueño o por miedo, por ambas cosas seguramente.

El trayecto es muy cortito, no tardamos ni 5 minutos en llegar al punto del examen, menos mal, ya que el sol empieza a pegar fuerte y con el traje puesto esto es una auténtica sauna.

Por fin, llega la hora de tirarse al agua. Empieza la cuenta atrás... Me dejo caer de espaldas..¡CHOOFF! Ya estoy flotanto en el líquido elemento. ¡Que gusto...!

Ahora llega la segunda parte, ponerse el chaleco, a ver como se me da en el mar... tuve mi guerra particular con esta prenda caprichosa que siempre se ha de ir hacia donde no debe cuando te la pones en el agua, o esa es la sensación que a mi de da.

Una mano por aqui, el brazo por allá y ya está, me quedo flotando boca arriba a la espera de los compañeros más rezagados... Busco el regulador y lo pruebo, aqui está la traquea, el manómetro, todo bajo control... En superficie, no ha habido problemas.

Bueno, pero ¿y el fondo, qué tal está? Sumerjo la cabeza y ¡SORPRESA!, me encuentro rodeada de peces (obladas, concretamente). ¡Vaya bienvenida, quien se lo iba a imaginar! La alegría que me produce codearme con los peces me hace olvidar los nervios, ¡puedo tocarlos! , esto si que no lo esperaba, la explosión de vida ha comenzado... Ha llegado el momento clave, los instructores nos agrupan para proceder al descenso, ¡Vamos allá!

Los que no tenemos la suerte de poder hacer un curso de buceo en la costa, tenemos que contentarnos con disfrutar de la visión de los baldosines mugrientillos de las piscinas, los pelos flotantes y, de vez en cuando, como premio a la constancia, nos encontramos con alguna tirita a la que seguimos con verdadero interés (ya que no hay nada mejor que ver...).

El sumergirte por primera vez en el mar pertrechado con todo tu equipo, te aporta una sensación especial, la curiosidad e incertidumbre por lo que vas a sentir es mucho mayor. Por fin, iba a tener la oportunidad de mirar a un pececillo cara a cara.

Según empiezo a descender y observar lo que tengo alrededor siento que esto me va a gustar mucho más de lo que yo me imaginaba. Vacío el jacket, compenso, miro a mis compañeros, miro el fondo, el cabo... todo parece tan distinto bajo el mar.

Siento que la inmensidad del mar me da una sensación de libertad inversamente proporcional a la claustrofobia que me produce bucear en piscina. Me encuentro relajada, tranquila y sobre todo, feliz por haber decidido a hacer este curso. Estoy encantada. Desaparece mi miedo con los oidos ya que compenso sin problemas. Descendemos por el cabo hasta llegar a un fondo de algas que para mi eran "vulgaris" (ya que están en la orilla de muchas playas), luego resultaron ser posidonia oceánica.

Me faltan ojos para abarcar todo lo que tengo a mi alrededor porque todo es novedoso: me rodean cantidad de pececillos que todavía desconozco, observo los movimientos de mis compañeros bajando por el cabo, intento calcular los metros que me faltan para llegar al fondo, incluso descubro una pared que puede verse no muy lejos de donde estamos... Me parece vivir un sueño.

Una vez abajo, nos agrupamos formando un círculo y empezamos con las pruebas que tantas veces habíamos practicado en piscina: despistado, vaciado de gafas, kalumet.

Todo va sobre ruedas, la gente está tranquila, menos mal. Somos cinco y nos acompañan dos instructores y una persona de apoyo que "planea" por encima de los que nos estamos examinando por si alguien sube disparado por la razón que sea. El sentirte protegido y seguro, te ayuda a llevarlo mejor.

Tras las pruebas, que se desarrollan sin ningún problema, un paseíto por el fondo para practicar la flotabilidad: controlar el aire del jacket no me resulta problemático. Ahora bien, puedo ver a algún compañero arrastrándose por el fondo arenoso... y sin poder evitarlo, empiezo a reírme. Ya estoy en mi salsa.

De repente nos hacen señas de ascender. ¿Tan pronto? Ha pasado más de media hora y casi ni me he enterado. Hago memoria y retomo las consignas: subir muy lentamente, sin prisas, controlando el aire del chaleco y expirando continuamente.

Mientras hacemos la parada de seguridad, "flotando" a 3 metros de la superficie, me doy cuenta de lo ligeros y frágiles que somos ante tal inmensidad, y me embarga una sensación de libertad sin igual.

Ahora, con la distancia del tiempo, las horas de sueño que perdí y los nervios que pasé me han compensado ampliamente. Aquella primera inmersión marcó mi vida. Siempre me había atraido el mar y había disfrutado de él enormemente, pero en superficie. Ahora esa atracción se ha multiplicado y, cuanto más buceo, más me gusta.

El mar es un mundo del que aprendo cada vez que me sumerjo.


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© S.G. 1997

 

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Última modificación: 07 d’agost 2017 06:03


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