M@re Nostrum

DIARIO SCUBA
Por José A. Cartagena

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Mi primera inmersión en alta mar

h.gif (3294 bytes)ace una semana que hemos concluido el curso de buceo, contando con sólo cinco inmersiones y con una máxima de 22 metros en el 'logbook' (cuaderno donde se anotan las inmersiones). Decido apuntarme a una inmersión en mar abierto organizada por el club.

Domingo, 6.00 h. (Empieza la jornada)

m.gif (3162 bytes)e levanto muy animado y algo nervioso en vista de la aventura que me espera. Recojo el material que he preparado hace sólo unas horas, traje, jacket, reguladores y demás, vuelvo a repasar todos los elementos. No quiero perderme la inmersión por olvidar algo, allí abajo todo es necesario. Bien, no falta nada. Con mucho esfuerzo llevo el equipo al coche, los plomos y la botella pesan como un demonio. Una vez en marcha me miro al retrovisor y me pregunto si estoy seguro de lo que voy a hacer, no tengo experiencia. Bueno, en marcha.

8.00 h. (La llegada)

d.gif (2818 bytes)espués de un viaje de 2 horas, por fin estoy en Aiguafreda, un precioso pueblo de la Costa Brava. Con algo de dificultad consigo encontrar la cala de Sa Rascassa, lugar donde saldrá la embarcación. ¡¡He llegado el primero!!, ¡¡No hay nadie!! ¿Me habré equivocado de lugar?. Espero que no.

Aparco el coche y decido dar un paseo y ver como ha despertado el mar. La gélida brisa de la mañana acaricia mi rostro y el aire húmedo y salado penetra en mis pulmones. Es maravilloso, el Mediterráneo está totalmente calmado pese a que sopla un leve viento. La vista es increíble, el mar coloreado por el alba da muestras de su grandeza. Me pregunto que ocultará en su interior.

Una mano toca mi espalda y me saca del trance. Empiezan a llegar mis compañeros. Todos nos analizamos con una sonrisa nerviosa y de complicidad.

Antes de prepararse, nuestro instructor propone desayunar algo mientras nos vamos conociendo. Mejor, los nervios se me están poniendo a flor de piel. Tendré más tiempo para asimilarlo.

9.00 h (La hora de la verdad)

h.gif (3294 bytes)ay que equiparse. Hacemos un corro y comenzamos la operación. De soslayo, vamos comparando los equipos. El instructor nos indica que revisemos todo a conciencia, una vez en alta mar el barco no dará la vuelta para recoger lo que se nos haya olvidado.

Bien, pues vamos a ello. Presión de la botella, funcionamiento de las válvulas del jacket, foco, reguladores, ordenador de buceo, profundímetro, manómetro… Todo está bien, creo. Lo vuelvo a repasar. Lo repaso de nuevo y lo vuelvo a repasar. Entonces empiezan las dudas y el verdadero respeto por el mar. ¿Y si falla algo?. ¿Y si me quedo sin aire?. ¿Entraré en descompresión? Esto no es lo mismo que una inmersión desde la costa, donde ves el fondo marino en todo momento. Empiezo a estar inseguro.

10.00 h. (El barco)

n total, once buceadores estamos esperando en el pequeño muelle a que llegue la embarcación. Se puede distinguir claramente quienes somos los novatos. ¡Eh, Ahí viene! Dice un compañero. Más nervios.

La embarcación es una antigua fueraborda de la Cruz Roja adaptada para el buceo. Hacemos una cadena y cargamos todo el material, lo disponemos con muchísimo cariño, pues no es barato. Los motores rugen y nos vemos impulsados fuertemente hacia atrás, lo que nos obliga a asirnos unos a otros para no caer al agua.

El patrón nos mira y sonríe. Nos comenta que no está muy lejos, a unos 15 minutos mar a dentro. Más tiempo para relajarme. Bien. De camino, el instructor nos explica la inmersión. Dos escollos (montañas submarinas) con paredes verticales que se alzan desde el fondo. Iremos al primero, donde la cima se encuentra a 18 metros de profundidad y acaba por un lado a 47 y por el otro a 52. Recuerdo que mi licencia sólo me permite bajar a 25 metros y miro a mi instructor con cara de preocupado. La costa se aleja detrás de nosotros.

PLASH!!! Un fuerte estallido suena cerca de mí, casi me da algo, ¿Qué ha pasado?. La junta tórica de la botella del compañero que está sentado a mi lado ha reventado y el aire sale a presión por el grifo. Uno de los buceadores más expertos se levanta y le cierra el grifo impávido. El chico se queja del oído y no podrá bucear. Pregunto a Luis, mi instructor si eso puede pasar bajo el agua y me dice que no, pero sé que me está mintiendo y lo hace para que me relaje. Debo tener la cara descompuesta.

Entre el incidente y mis preocupaciones llegamos a la zona, el patrón del barco se sitúa exactamente encima del escollo y deja caer el ancla. Hacemos los grupos de dos en dos. Me hace gracia ver una pareja con el mismo equipo y el mismo traje. Luis, mi instructor me comenta que tengo que ir con él y estar al tanto de sus indicaciones en todo momento y sobre todo no perderlo de vista, ya que hay una fuerte corriente de superficie que llega hasta los 10 metros y podría arrastrarme lejos de la zona.

11.00 h.

speramos que se lancen todos al agua y nos quedamos los últimos viendo como el resto va desapareciendo bajo el agua, dejando como única prueba de su existencia un rastro de burbujas que ascienden desde el fondo. Bueno, pues nos toca.

Luis me aconseja que utilice el cabo del ancla para descender y no me arrastre la corriente. Llegó la hora. Coloco una mano haciendo presión sobre mis gafas y regulador para que al caer al agua no se caigan y con la otra mano sujeto los instrumentos de navegación para que no se dañen unos con otros y me dejo caer hacia atrás con decisión.

¡¡Plasshhh!!

ólo veo ante mí un cúmulo de espuma y burbujas, he perdido la orientación y no sé si estoy boca arriba o boca abajo. Como tengo el jacket inflado salgo rápidamente a la superficie y compruebo mi situación. Seguidamente me dirijo a proa, por donde cae el cabo del ancla. El aire seco de la botella y los nervios me resecan la garganta y tardo unos minutos en acostumbrarme.

Veo a Luis que me hace señas para que me acerque a él y agarre el cabo, la corriente es realmente muy fuerte. Mediante las señas comunes a los buceadores me pregunta si estoy bien, haciendo el símbolo de OK con la mano. Le respondo de igual modo. Entonces me indica que vamos a bajar y acepto. Pulso el botón de salida de aire de mi jacket y noto que mi peso vence la densidad del agua.

La primera visión que tengo es impresionante, no se distingue el final de la cadena donde estoy cogido y muchísimo menos el fondo. Sólo el gran azul. Veo compañeros descendiendo unos metros por debajo de mí. Es espectacular. La visibilidad es estupenda, al menos 15 metros.

Comienza el descenso y voy notando como la presión hunde mis tímpanos, lo contrarresto compensando con la maniobra de Valsalva. A 7 u 8 metros veo claramente una 'termoclina' - una corriente de agua de diferente temperatura dentro del mar - que tiene un color distinto del resto del líquido elemento. Estoy alucinando. Pero aun no he visto nada.

Llegamos al final del ancla posada sobre la cima de la montaña, los compañeros se están indicando por donde deben ir. Noto que a esa profundidad (18 metros) el agua está unos 2 ó 3 grados más fría. Luis intenta que le siga, pero me he quedado paralizado ante el gran espectáculo que está dando un enorme cardumen de peces aguja que se pierde en el infinito.

Noto como se me eriza la piel bajo el neopreno. De pronto reparo en que, a cualquier lugar donde dirija la vista hay vida, vida por todos los lados, y no sabría explicar por que, pero me invade un profundo sentimiento de melancolía y a la misma vez de alegría.

Pronto se me olvidan los miedos y los pensamientos extraños, pero nunca sin perder el respeto. Empiezo a sentirme un pelágico más dentro de mi hábitat. Voy al encuentro con Luis y comienza el descenso por la pared llamada ''Furiò''.

Vaya, esto es demasiado, decenas, cientos, miles de peces están comiendo y jugueteando entre impresionantes gorgonias que cubren gran parte de la pared totalmente vertical. Seguimos descendiendo. La sensación de estar entre dos aguas es como estar volando. Miro mi profundímetro y ¡¡25 metros!!.

Como buen alumno, le indico a Luis que teóricamente no puedo bajar a más de esa profundidad, a lo que me responde que no me preocupe, que voy con él y no pasará nada. ¡¡Bien!!. Seguimos bajando. 28 Metros. Mi ordenador emite una señal de aviso, estoy respirando demasiado deprisa, pienso que será la emoción, pues ya he perdido el miedo y me he fusionado con el entorno.

Luis enciende el foco e ilumina la pared. IMPRESIONANTE. La potente haz de luz resalta al máximo los bellos colores de las profundidades. Es como estar en un sueño. De pronto vemos una gran morena que se asusta de nuestras burbujas y escapa a toda velocidad. Vaya, tenía entendido que eran peligrosas. La vemos evolucionar entre dos aguas, es hermosa de verdad, el amarillo y el morado destacan sobre su piel.

Miro a Luis y se ríe. Debo tener una cara de obnubilado total. De pronto aparecen dos buceadores más que nos señalan con estrépito un lugar y salen a toda velocidad. ¿Habrá ocurrido algo?. ¡NO!, Es una majestuosa liebre de mar, se desplaza de forma muy similar a las mantas, es enorme y de color ocre. Nunca hubiera imaginado toda la belleza que esconden los océanos.

Adopto una posición erguida y paralela a la pared. Entonces veo la imagen más espectacular del día. El sol ya alto a esa hora deja pasar los rayos de luz entre las gorgonias y mero de un metro y medio hace sombra sobre nosotros. Debe ser un sueño, me pregunto por qué he tardado tanto en descubrir esto, me siento parte del espectáculo.

Necesito fotografiar esto, le tengo que contar a todo el mundo que venga a ver esto. Aquí abajo, parece imposible concebir la vida que hay arriba, las desgracias, las penas, el hambre, las guerras. Me siento en ese momento totalmente desvinculado al resto de la humanidad. Estoy realmente excitado, me siento embaucado por el ambiente. Me quiero quedar aquí para toda la vida. Siento ganas de quitarme todo el equipo y nadar mar a dentro. No quiero volver a la superficie. Esto es genial, es como una droga sana. Tengo ganas de llorar. Estoy contento. Estoy triste, no, alegre. ¿Qué me pasa? Soy incapaz de adivinar mis propios sentimientos. Entonces caigo en la cuenta. ¡¡44 Metros!!. NARCOSIS.

Menos mal que me he cerciorado de la situación antes de cometer ninguna tontería. De repente recordé las clases. <<… a partir de 40 metros el nitrógeno del aire puede ser tóxico por la presión parcial de dicho gas, y podemos sufrir una narcosis o también conocida como 'La borrachera de las profundidades…>>.

Luis se da cuenta de que hemos bajado mucho y me hace ascender unos metros. Él baja hasta 47, siente deseos de tocar el manto abisal. Miro hacia arriba, la luz del sol ya no se ve a esa profundidad. Asciende hasta mi posición y me muestra mi ordenador. Vaya, estamos a punto de entrar en descompresión. ¡¡ Han pasado 40 minutos y ni siquiera me he dado cuenta!! ¿Ya se acaba? No, no, quiero seguir aquí, le indico.

Me sonríe y me señala que tenemos que comenzar la ascensión. De camino a la superficie vemos huevos de calamar en un agujero, salmonetes, muchas especies que todavía no conozco, y un pulpo en una grieta de la pared que al menos tiene que medir dos metros. Es gigante. Seguimos la ascensión.

Entonces detengo a Luis y cojo un erizo. Me dice que no lo haga, pero insisto y al final cede. Saco mi cuchillo y abro el erizo por la mitad y lo alzo en mi mano. En unos segundos tenemos una nube de peces de todas clases, sargos reales, doradas, todas comiendo de mi mano. Que bonito. Hay una doncella que me mira a los ojos detrás del cristal de mi máscara. Recuerdo que esta especie, pequeña y juguetona, siempre me ha acompañado en mis inmersiones. Pero se acaba pronto.

Seguimos hacia arriba y me doy cuenta de que unas cuantas doradas de buen tamaño nos siguen. Con tristeza les digo adiós con la mano. Una vez en la cima del escollo nos reunimos con dos grupos más y nos indican que todo ha ido bien. Uno de ellos señala algo, nos giramos y vemos una enrome medusa que se aleja. El movimiento de su cuerpo es algo excepcional.

Me vuelvo hacia el grupo y todos me miran sonriendo. Más tarde me enteraría, se reían de la cara de alucinado que llevaba. Por el cabo ascendemos hasta unos tres metros donde hacemos una parada de descompresión de cinco minutos, sólo por seguridad. Ascendemos lentamente y rompemos la superficie… Ha sido genial. Quiero repetir.

Nos ayudamos unos a otros a subir al barco y esperamos a que llegue todo el mundo mientras intercambiamos las experiencias alegremente. Bromeando, le doy una palmada en el cogote a Luis por haberme bajado tan profundo y a la misma vez le agradezco que lo haya hecho, pues ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. La sonrisa en el rostro tardaría unas horas en borrarse. Me siento pleno, pletórico, con fuerzas para todo. Satisfecho.

Pedro, un señor de casi 80 años que viene a bucear con nosotros y al que llamamos cariñosamente Jacques, en honor al gran maestro ' Jacques Yves Costeau', tarda mucho en subir y no encontramos las burbujas en superficie. A Pedro le gusta bajar al máximo de profundidad y decidió hacerlo por la otra cara de la pared. Comenzamos a preocuparnos un poco, pero al rato aparece al lado del barco, simplemente se había entretenido. Bien, pues ya estamos todos.

13.00 h.

e.gif (2778 bytes)stamos haciendo buena cuenta de la gastronomía de la zona en una pequeña tasca del pueblo. Escucho afable las historias de los más expertos. Tiburones, barcos hundidos, cuevas… Todos parecen alegrarse por mi unión a la hermandad de los buceadores. Ya me siento integrado en esta comunidad, donde existe un verdadero compañerismo y un amor común por el mar…

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© José A. Cartagena

 

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Última modificación: 07 d’agost 2017 06:03


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